Por: Teddy Montúfar A.
Regatear es discutir o debatir en torno a los precios que se pagarán por un bien o servicio. Me parece que en los pueblos latinos, orientales y árabes, ésta es una práctica cultural difundida y ha llegado a ser todo un arte. No sucede lo mismo en los pueblos anglosajones, esencialmente consumistas. En dónde los mortales pagan los precios de lista y esperan las ofertas y descuentos que se publicitan. ¡De lo contrario… naranjas! El hecho es que el regateo se parece mucho a la tauromaquia, veamos ¿por qué?
En dónde el regateo encuentra su pista olímpica es en un pueblo esencialmente no consumista como el nuestro: o consumista más que por imitación y exagerada languidez por la prosperidad, que por ahora nos es esquiva. Aquí en estas tierras benditas de Dios, el regateo hace mucho, ganó las calles y las tiendas, los mercadillos y los parques para no alejarse ni de vainas de esos reductos.
En cuánto a quiénes regatean mejor, al parecer las mujeres están mejor dotadas mental y anímicamente para el regateo. Ellas pueden llevar hasta el refinamiento el arte del regateo, sin problema alguno. Son capaces de lograr rebajas hasta por debajo de los precios de costo del artículo, sin el más mínimo sonrojo. En cambio, muchos varones, nos ponemos pálidos al escuchar las estrategias femeninas cuando piden rebajas de precio. Al extremo, que para evitar el “roche”, nos alejamos de la escena silbando y haciéndonos los suecos, para eludir sonrojos.
Las mejores regateadoras han desarrollado estrategias: no preguntan de entrada por lo qué quieren comprar. Prefieren dar un rodeo, averiguan precios haciendo gala de poco interés y desprecio olímpico por los artículos. Se trata de despistar al vendedor.
Pero si el vendedor se aventura a rebajar algo los precios, tal vez le respondan que no. Entonces, el comerciante en su afán por lograr la primera venta del día, cede en el precio; pero tampoco obtiene respuesta alentadora. Súplica: ¡Venga caserita… ¡ ¿Cuánto puede pagar?
En la tauromaquia a este momento corresponde hincar filudos pares de coloridas banderillas sobre el lomo del “astado”. Pero muchas veces no basta para despertar el alma salvaje del cuadrúpedo y es imperativo el trabajo del rejoneador: una suerte de sádico a caballo que lanza en mano la emprende contra el indefenso toro hasta ensangrentarlo visiblemente. Sólo entonces, ante el aplauso del respetable, es cuándo ingresa el matador, muleta en mano, al ritual de la inexorable muerte del ejemplar.
Similar estrategia psicológica para desestabilizar y hacer sangrar al vendedor ha comenzado a surtir sus efectos. De súbito, el verdadero rostro del regateo se muestra con toda su crudeza y embiste: ¡Mira cuánto dices que cuesta tal…! Sólo tengo cinco “lucas”… ¡Si quieres…! El vendedor, se retuerce de dolor, porque le piden que renuncie a su margen de utilidad inicial. ¡Pocos lo resisten! No puede sostener el careo. Le urge la venta, el cajón del mostrador no tiene ni una moneda. No tiene ni para el pasaje y sucumbe a la embestida. ¡Total es la primera venta del día! ¡Otra vez será! La compradora sale de la tienda con rabo y dos orejas en la mano ante el silencio glorioso de la plaza.
Regatear es discutir o debatir en torno a los precios que se pagarán por un bien o servicio. Me parece que en los pueblos latinos, orientales y árabes, ésta es una práctica cultural difundida y ha llegado a ser todo un arte. No sucede lo mismo en los pueblos anglosajones, esencialmente consumistas. En dónde los mortales pagan los precios de lista y esperan las ofertas y descuentos que se publicitan. ¡De lo contrario… naranjas! El hecho es que el regateo se parece mucho a la tauromaquia, veamos ¿por qué?
En dónde el regateo encuentra su pista olímpica es en un pueblo esencialmente no consumista como el nuestro: o consumista más que por imitación y exagerada languidez por la prosperidad, que por ahora nos es esquiva. Aquí en estas tierras benditas de Dios, el regateo hace mucho, ganó las calles y las tiendas, los mercadillos y los parques para no alejarse ni de vainas de esos reductos.
En cuánto a quiénes regatean mejor, al parecer las mujeres están mejor dotadas mental y anímicamente para el regateo. Ellas pueden llevar hasta el refinamiento el arte del regateo, sin problema alguno. Son capaces de lograr rebajas hasta por debajo de los precios de costo del artículo, sin el más mínimo sonrojo. En cambio, muchos varones, nos ponemos pálidos al escuchar las estrategias femeninas cuando piden rebajas de precio. Al extremo, que para evitar el “roche”, nos alejamos de la escena silbando y haciéndonos los suecos, para eludir sonrojos.
Las mejores regateadoras han desarrollado estrategias: no preguntan de entrada por lo qué quieren comprar. Prefieren dar un rodeo, averiguan precios haciendo gala de poco interés y desprecio olímpico por los artículos. Se trata de despistar al vendedor.
Pero si el vendedor se aventura a rebajar algo los precios, tal vez le respondan que no. Entonces, el comerciante en su afán por lograr la primera venta del día, cede en el precio; pero tampoco obtiene respuesta alentadora. Súplica: ¡Venga caserita… ¡ ¿Cuánto puede pagar?
En la tauromaquia a este momento corresponde hincar filudos pares de coloridas banderillas sobre el lomo del “astado”. Pero muchas veces no basta para despertar el alma salvaje del cuadrúpedo y es imperativo el trabajo del rejoneador: una suerte de sádico a caballo que lanza en mano la emprende contra el indefenso toro hasta ensangrentarlo visiblemente. Sólo entonces, ante el aplauso del respetable, es cuándo ingresa el matador, muleta en mano, al ritual de la inexorable muerte del ejemplar.
Similar estrategia psicológica para desestabilizar y hacer sangrar al vendedor ha comenzado a surtir sus efectos. De súbito, el verdadero rostro del regateo se muestra con toda su crudeza y embiste: ¡Mira cuánto dices que cuesta tal…! Sólo tengo cinco “lucas”… ¡Si quieres…! El vendedor, se retuerce de dolor, porque le piden que renuncie a su margen de utilidad inicial. ¡Pocos lo resisten! No puede sostener el careo. Le urge la venta, el cajón del mostrador no tiene ni una moneda. No tiene ni para el pasaje y sucumbe a la embestida. ¡Total es la primera venta del día! ¡Otra vez será! La compradora sale de la tienda con rabo y dos orejas en la mano ante el silencio glorioso de la plaza.
La fotografía no me pertenece. El contenido del texto si.




1 comentario:
Hola licenciado es un gusto y un honor dirigirme a usted ,con la intencion de hacerle llegar mi cordial saludo y ala vez felicitarlo por su blogger y por su ardua labor en busca de la verdad en piura y ago votos porque siga trabajando en bien de la comunidad
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