martes, 14 de octubre de 2008

CONCUPISCENCIA DE COMPRADORA (1)

Por: Teddy Montúfar Abad

Con balsámicas disculpas, he ahogado varias veces, mi propósito de concretar este artículo, porque corro el riesgo se me juzgue como repulsivo antifeminista: !Qué no soy, pues!. De todas maneras, las damas deben esperar una segunda entrega en la que me referiré a cómo compramos los varones. ¡Lo prometo!

Es el caso de cómo compran ropa las damas. Quizá no todas, pero ¡bastantes, sí! El hecho de lanzarse a las calles para ir de tiendas, implica en estas damas un dulce disfrute, un fuerte atractivo rayano con el gozo concupiscente de la vista femenina. El gozo por contemplar las prendas, palparlas y probárselas se posesiona de las almas femeninas, las transforma. Las pone en un estado de vibración sobrenatural: la mirada adquiere un extraño brillo, casi maléfico; se sienten subyugadas por lo que ven en escaparates y vitrinas; ensordecen ante cualquier consejo o súplica de sus ocasionales acompañantes: papás, hermanos, cuñados, esposos, enamorados, novios o abnegados amigos.

Todo tiempo se les antoja insuficiente; y todo intento de llevarlas a casa es una maldad masculina. No se conduelen con el varón, o el agotamiento de sus acompañantes. Se convierten en seres muy difíciles de complacer, pues todo quieren verlo, sin límites de tiempo. Quieren tocar, ponerse cuánto trapo cuelga en el perchero. Miran, hasta el arrobamiento, y la fascinación. ¡Dialogan con la codicia! ¡Quisieran tenerlo todo! Emprenden fantasías mentales interminables que consumen con la fruición del helado más rico del mundo.

En este estado de cosas se desata en el alma femenina una pasión hasta entonces desconocida: de dulces y gentiles devienen en despiadadas, tenaces e inflexibles buscadoras de precios, tallas, colores y modelos. Los escaparates embrujan y ejercen una atracción maligna, pecaminosa, y concupiscente sobre ellas. La simple compra de víveres o medicinas puede transformarse en una orgía visual. Y las almas poseídas pueden llegar hasta la codicia.

Tienen el raro gusto de observar lo que se exhibe en vitrinas, escaparates, maniquíes para pedir les muestren los modelos más antojadizos: ¡piden todos los colores y tallas que no se exhiben, especialmente las que no están a la vista! Y no es que deseen comprar aquello que no ven, sino que necesitan mostrarse exigentes – creo yo- por el prurito inaguantable de evidenciar que las tiendas no lo tienen todo. ¿O será qué no les queda nada bien? ¿O será qué el gozo de la vista no les permite imaginar los colores que no se exhiben? ¿O por ventura, será qué no se sienten bien con lo que encuentran en las tiendas?

Poco importa el trabajo que le causen al prójimo, al desmontar vitrinas enteras con tal de y posteriormente, desaprobar sistemáticamente, todo lo que les ofrecen. Sufridas vendedoras, pujan para sonreír. Otras, parecen disfrutar la sesión orgiástica. Pero a las compradoras exigentes, les importa un “pito”: igual van al probador mil veces más para modelar en imaginarias pasarelas. Sistemáticamente rechazarán lo que se han probado. Por más que les digan !Te queda lindo…! No se rinden. Tienen que ver otra tienda. La más grande, la más cara. La más barata, la de aquí, la de allá. Esta y aquella. No dan su brazo a torcer. Y sí el acompañante osa apresurarlas… entonces suelen responder con tres palabras lapidarias: ¡No seas malo…!

Las compradoras, en estado “babilónico”, no conocen hambre, sed, cansancio; no sienten calambres, no miran el reloj, ni por equivocación. Las súplicas de los acompañantes recibirán este reproche socarrón. ¿Qué... ya te cansaste?… ¡Espera un ratito! Sin embargo, con las manos vacías o con son capaces de enunciar estas razonadas conclusiones:” “No había mi talla”; o “no hay el color que quiero”; “la ropa es corriente” ; “no compro porque después… todo el mundo se va a vestir igual”.

La fotografía no me pertenece. El contenido del texto si.

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