sábado, 15 de noviembre de 2008

Talento Crítico y Postgrados (2)


Por: Teddy A. Montúfar Abad

Los sectores productivos del país y de la región demandan actualmente profesionales talentosos y capacitados, para desempeñarse en puestos de trabajo relacionados con la dirección del marketing estratégico, imagen institucional y gestión de capital humano; así como puestos de trabajo para ingenieros de construcción civil y carreteras. En estas áreas se necesita talento crítico con urgencia. Sin embrago, la oferta formativa de postgrado universitaria – en caso de nuestra región- no acompaña este requerimiento de las organizaciones empresariales líderes.

Y es que el sistema universitario en general sigue actuando de espaldas a la demanda real de la sociedad, por ejemplo: educación, administración, derecho, contabilidad y economía son ofertas muy saturadas en el Perú, así lo asevera la propia Asamblea Nacional de Rectores: La mayoría de universidades insisten en ofertar estudios de pre grado y postgrado en estas especialidades.

Por eso ocurren estas verdades de Perogrullo: El Perú desea exportar algodón pima; nos vanagloriamos de calidad de las confecciones del algodón peruano. Pero sólo una universidad en el país forma ingenieros textiles y los prepara con maquinas obsoletas. Ante este defecto, la industria textil no tiene más remedio que tomar ingenieros industriales para formarlos como textiles. Pero eso no les interesa a las universidades.

La confección industrial y las modas se enseñan en institutos de mando medio, sin embargo, las universidades no miran estas demandas quizás por un extraño prurito “intelectualoide”.

Deseamos exportar más, pero no abundan los estudios universitarios que formen talento para este trabajo. La mejor oferta es de rango técnico no universitario y esta mano de obra está bien pagada.

La demanda creciente del mercado no va por los rumbos de las ofertas universitarias sino que conducen a la playa estéril de la frustración.

Las empresas que más han demandado especialización de sus empleados y ejecutivos, son las de consumo masivo, empresas de comunicación, farmacéuticas, el sector minero y de energía y estas organizaciones asignan mucho valor a las siguientes competencias: capacidad para aprender rápido, pro actividad y liderazgo estratégico. Los perfiles profesionales son claros y precisos, porque esperan crecer como organizaciones competitivas.

Sin embargo, hay un desencuentro entre la demanda laboral y la oferta universitaria, cual diálogo de sordos. Algo importante habrá qué hacer para que el talento humano, encuentre en el sistema universitario nacional lo que necesita el país, con urgencia.

Piura está colocando en el mercado internacional café orgánico, azúcar ecológica y me detengo en estos ejemplos, porque en ellos ha sido posible el logra gracias a la asociatividad. Se ha roto el esquema productor agrícola e intermediario, que tanta miseria aún sigue provocando; para convertir al productor en exportador. Con la gran ventaja de percibir directamente los precios internacionales en los bolsillos rurales de nuestros paisanos.

Pregunto: ¿Dónde hay una escuela de postgrado que enfatice y multiplique los beneficios de la asociatividad?

Un pequeño grupo de hombres y mujeres con talento crítico pueden terminar de voltear la “tortilla” en las zonas rurales de nuestra región, sí se les recluta, forma y envía al campo con esta misión específica: multiplicar por “x” la oferta exportable regional en base a asociatividad. Ese sería el primer plan efectivo para promover desarrollo seguro, con capital humano regional. ¿O No les parece?

jueves, 16 de octubre de 2008

PRAGMATISMO DE COMPRADOR (II)


Por: Teddy Montúfar Abad

Los varones hemos crecido en una atmósfera creada por la sociedad, según la cual, debemos actuar con rapidez, decisión y sin dudas. De ahí viene aquello de que no sabemos pedir perdón. Que nos resbala pedir disculpas o reconocer errores Y que sobre todo no nos andamos con muchas vueltas, sino que debemos ir de frente al grano. Aunque en el intento cometamos gruesos yerros: típica conducta machista. ¡Total… hay que aguantar en silencio!

Cuando tenemos que ir de compras hacemos gala de rituales marcados por la prisa y la inmediatez temeraria, opuestos a la práctica femenina, que se apoya en la observación atenta, la contemplación y el arrobamiento casi místico.

Elegimos rápidamente de entre los modelos que se exhiben, pues no está bien visto aquello de un varón deba escoger demasiado, no vaya a ser hacer gala de buen gusto se preste a confusiones que hieran el alma varonil. Por eso, la gran mayoría de varones preferimos comprar a solas nuestras propias camisas, ternos, corbatas y ropa interior. Procuramos evadir la compañía femenina para librarnos de la concupiscencia de la compradora. Aunque corramos el riego de no tener un mínimo de buen gusto en la elección de las prensas de vestir. Sin embargo, la falta de buen gusto en un varón no se pondera como debilidad masculina.

Hay quienes - venciendo temores- prefieren acompañarse de un amigo que cierto estilo buen para vestirse. Otros en cambio, se ven envueltos en un mar de dudas y confusiones insalvables, al respecto. De allí que nos estorba comprar y consideramos que se trata de un acto complicado. Por ejemplo, algunos compran ropa y accesorios en tiendas clandestinas porque venden artículos importados de Miami o de Gamarra y porque creen que si pagan con dólares, adquieren artículos de calidad. ¡Aunque compren tonterías a precio de oro!

Los varones, al parecer, no estamos hechos para deambular por muchas tiendas en busca de ropa y por la propia. Salvo que no encontremos lo que buscamos. Por lo general, somos de piñón fijo: difícilmente cambiamos de idea. Y resolvemos la compra rápido: ¡hay o no hay! No buscamos en muchas tiendas: la idea nos desalienta y nos lleva a decidir más bien, con prisa. Otra cosa es que lo que compremos nos vaya bien.

En este aspecto los compradores solemos ser estúpidamente confiados y desaprensivos. Como los que no se prueban la ropa porque confían en su ojo y les da “roche” pasar por el probador y se dejan llevar por la talla de la etiqueta; pero, cuando llegan a su casa ¡oh sorpresa…! No les queda. Y resulta que ya no se puede cambiar la prenda. También, están los machos que compran una camisa que no les conviene al color de piel, pero igual les gusta y se la “chantan”.

Hay muchos varones que nacieron negados para conocer y entender estos rudimentos. Así un moreno, que tira para negrito, elige vestirse con un terno marrón oscuro con camisa crema y queda francamente “cutato”. Algunos quedan como para colocarles algodones en las fosas nasales y velarlos en vida. Sin embargo, compramos camisas porque están baratas; aunque quedemos vestidos como para una fiesta de disfraces. La premisa del pragmatismo varonil para la compra y la prisa, debe aderezarse con una cuota de buen gusto. En este punto, es hidalgo reconocer que las damas de la familia nos advierten lo que más nos conviene lucir. Por eso, no hay más remedio que aceptar que una dama nos acompañe. La compra varonil está signada por la fijación en un objeto determinado, aparentemente racional, pero no exento de “metidas de pata”, como cuando compramos algo ordinario como exclusivo. Entonces, un rubor aromatizado con extrañas maldiciones revuelca nuestro orgullo viril.

¡Pero debemos aguantarlo con estoico silencio!

La Imagen es de.

martes, 14 de octubre de 2008

CONCUPISCENCIA DE COMPRADORA (1)

Por: Teddy Montúfar Abad

Con balsámicas disculpas, he ahogado varias veces, mi propósito de concretar este artículo, porque corro el riesgo se me juzgue como repulsivo antifeminista: !Qué no soy, pues!. De todas maneras, las damas deben esperar una segunda entrega en la que me referiré a cómo compramos los varones. ¡Lo prometo!

Es el caso de cómo compran ropa las damas. Quizá no todas, pero ¡bastantes, sí! El hecho de lanzarse a las calles para ir de tiendas, implica en estas damas un dulce disfrute, un fuerte atractivo rayano con el gozo concupiscente de la vista femenina. El gozo por contemplar las prendas, palparlas y probárselas se posesiona de las almas femeninas, las transforma. Las pone en un estado de vibración sobrenatural: la mirada adquiere un extraño brillo, casi maléfico; se sienten subyugadas por lo que ven en escaparates y vitrinas; ensordecen ante cualquier consejo o súplica de sus ocasionales acompañantes: papás, hermanos, cuñados, esposos, enamorados, novios o abnegados amigos.

Todo tiempo se les antoja insuficiente; y todo intento de llevarlas a casa es una maldad masculina. No se conduelen con el varón, o el agotamiento de sus acompañantes. Se convierten en seres muy difíciles de complacer, pues todo quieren verlo, sin límites de tiempo. Quieren tocar, ponerse cuánto trapo cuelga en el perchero. Miran, hasta el arrobamiento, y la fascinación. ¡Dialogan con la codicia! ¡Quisieran tenerlo todo! Emprenden fantasías mentales interminables que consumen con la fruición del helado más rico del mundo.

En este estado de cosas se desata en el alma femenina una pasión hasta entonces desconocida: de dulces y gentiles devienen en despiadadas, tenaces e inflexibles buscadoras de precios, tallas, colores y modelos. Los escaparates embrujan y ejercen una atracción maligna, pecaminosa, y concupiscente sobre ellas. La simple compra de víveres o medicinas puede transformarse en una orgía visual. Y las almas poseídas pueden llegar hasta la codicia.

Tienen el raro gusto de observar lo que se exhibe en vitrinas, escaparates, maniquíes para pedir les muestren los modelos más antojadizos: ¡piden todos los colores y tallas que no se exhiben, especialmente las que no están a la vista! Y no es que deseen comprar aquello que no ven, sino que necesitan mostrarse exigentes – creo yo- por el prurito inaguantable de evidenciar que las tiendas no lo tienen todo. ¿O será qué no les queda nada bien? ¿O será qué el gozo de la vista no les permite imaginar los colores que no se exhiben? ¿O por ventura, será qué no se sienten bien con lo que encuentran en las tiendas?

Poco importa el trabajo que le causen al prójimo, al desmontar vitrinas enteras con tal de y posteriormente, desaprobar sistemáticamente, todo lo que les ofrecen. Sufridas vendedoras, pujan para sonreír. Otras, parecen disfrutar la sesión orgiástica. Pero a las compradoras exigentes, les importa un “pito”: igual van al probador mil veces más para modelar en imaginarias pasarelas. Sistemáticamente rechazarán lo que se han probado. Por más que les digan !Te queda lindo…! No se rinden. Tienen que ver otra tienda. La más grande, la más cara. La más barata, la de aquí, la de allá. Esta y aquella. No dan su brazo a torcer. Y sí el acompañante osa apresurarlas… entonces suelen responder con tres palabras lapidarias: ¡No seas malo…!

Las compradoras, en estado “babilónico”, no conocen hambre, sed, cansancio; no sienten calambres, no miran el reloj, ni por equivocación. Las súplicas de los acompañantes recibirán este reproche socarrón. ¿Qué... ya te cansaste?… ¡Espera un ratito! Sin embargo, con las manos vacías o con son capaces de enunciar estas razonadas conclusiones:” “No había mi talla”; o “no hay el color que quiero”; “la ropa es corriente” ; “no compro porque después… todo el mundo se va a vestir igual”.

La fotografía no me pertenece. El contenido del texto si.

sábado, 11 de octubre de 2008

EL ARTE DEL REGATEO


Por: Teddy Montúfar A.

Regatear es discutir o debatir en torno a los precios que se pagarán por un bien o servicio. Me parece que en los pueblos latinos, orientales y árabes, ésta es una práctica cultural difundida y ha llegado a ser todo un arte. No sucede lo mismo en los pueblos anglosajones, esencialmente consumistas. En dónde los mortales pagan los precios de lista y esperan las ofertas y descuentos que se publicitan. ¡De lo contrario… naranjas! El hecho es que el regateo se parece mucho a la tauromaquia, veamos ¿por qué?

En dónde el regateo encuentra su pista olímpica es en un pueblo esencialmente no consumista como el nuestro: o consumista más que por imitación y exagerada languidez por la prosperidad, que por ahora nos es esquiva. Aquí en estas tierras benditas de Dios, el regateo hace mucho, ganó las calles y las tiendas, los mercadillos y los parques para no alejarse ni de vainas de esos reductos.

En cuánto a quiénes regatean mejor, al parecer las mujeres están mejor dotadas mental y anímicamente para el regateo. Ellas pueden llevar hasta el refinamiento el arte del regateo, sin problema alguno. Son capaces de lograr rebajas hasta por debajo de los precios de costo del artículo, sin el más mínimo sonrojo. En cambio, muchos varones, nos ponemos pálidos al escuchar las estrategias femeninas cuando piden rebajas de precio. Al extremo, que para evitar el “roche”, nos alejamos de la escena silbando y haciéndonos los suecos, para eludir sonrojos.

Las mejores regateadoras han desarrollado estrategias: no preguntan de entrada por lo qué quieren comprar. Prefieren dar un rodeo, averiguan precios haciendo gala de poco interés y desprecio olímpico por los artículos. Se trata de despistar al vendedor.

Pero si el vendedor se aventura a rebajar algo los precios, tal vez le respondan que no. Entonces, el comerciante en su afán por lograr la primera venta del día, cede en el precio; pero tampoco obtiene respuesta alentadora. Súplica: ¡Venga caserita… ¡ ¿Cuánto puede pagar?

En la tauromaquia a este momento corresponde hincar filudos pares de coloridas banderillas sobre el lomo del “astado”. Pero muchas veces no basta para despertar el alma salvaje del cuadrúpedo y es imperativo el trabajo del rejoneador: una suerte de sádico a caballo que lanza en mano la emprende contra el indefenso toro hasta ensangrentarlo visiblemente. Sólo entonces, ante el aplauso del respetable, es cuándo ingresa el matador, muleta en mano, al ritual de la inexorable muerte del ejemplar.

Similar estrategia psicológica para desestabilizar y hacer sangrar al vendedor ha comenzado a surtir sus efectos. De súbito, el verdadero rostro del regateo se muestra con toda su crudeza y embiste: ¡Mira cuánto dices que cuesta tal…! Sólo tengo cinco “lucas”… ¡Si quieres…! El vendedor, se retuerce de dolor, porque le piden que renuncie a su margen de utilidad inicial. ¡Pocos lo resisten! No puede sostener el careo. Le urge la venta, el cajón del mostrador no tiene ni una moneda. No tiene ni para el pasaje y sucumbe a la embestida. ¡Total es la primera venta del día! ¡Otra vez será! La compradora sale de la tienda con rabo y dos orejas en la mano ante el silencio glorioso de la plaza.

La fotografía no me pertenece. El contenido del texto si.